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Suelos vivos: labranza cero y cultivos de cobertura

Pablo Seldner· 28 sep 2026· 6 min de lectura· Agricultura y Alimentación
Suelos vivos: labranza cero y cultivos de cobertura

Casi todo lo que comes empezó en los primeros treinta centímetros de tierra. Esa capa delgada se está gastando: la FAO estima que 33% de la tierra del planeta está moderada o altamente degradada por erosión, salinización, compactación, acidificación o contaminación química [1]. Solemos tratar al suelo como un soporte inerte al que basta agregarle fertilizante, pero una revisión reciente de la literatura calcula que alrededor de 59% de las especies del planeta (±15 puntos) vive en él, lo que lo convierte en el hábitat más biodiverso que existe [2]. La permacultura lleva décadas diciéndolo con otras palabras —cuida la tierra y ella hará el resto—, y hoy la agronomía le pone números. En este artículo revisaremos qué es un suelo vivo, en qué consisten la labranza cero y los cultivos de cobertura, qué dice la evidencia sobre sus resultados y sus límites, y cómo aplicar los mismos principios en una azotea.

La definición más citada de salud del suelo es esta: "la capacidad del suelo para funcionar como un sistema vivo vital, dentro de los límites del ecosistema y del uso de la tierra, para sostener la productividad de plantas y animales, mantener o mejorar la calidad del agua y del aire, y promover la salud de plantas y animales" (traducido de la fuente original [3]). Las raíces, los hongos y las lombrices construyen poros y agregados (los grumos que le dan estructura a la tierra) por donde entran el agua y el aire; el arado los rompe cada temporada. De ahí nace la agricultura de conservación, que se apoya en tres principios enlazados: no remover mecánicamente el suelo, o hacerlo lo mínimo (labranza cero: se siembra directo sobre el rastrojo del cultivo anterior); mantenerlo siempre cubierto con residuos o con plantas, y diversificar los cultivos con rotaciones y asociaciones. En 2015-16 se practicaba en unas 180 millones de hectáreas de 78 países, cerca de 12.5% de la tierra de cultivo del mundo [4]. Los cultivos de cobertura —avena, veza, trébol o frijol sembrados entre cosechas, no para venderse sino para tapar y alimentar la tierra— son la forma más directa de cumplir el segundo principio.

La evidencia empieza por la erosión. Una compilación global de estudios confirmó que los campos arados de forma convencional pierden suelo a un ritmo entre diez y cien veces mayor que el ritmo al que se forma suelo nuevo, mientras que la labranza cero produce tasas de erosión mucho más cercanas a las de formación [5]. México tiene uno de los ensayos más largos sobre el tema: en el ensayo de temporal que el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) mantiene desde 1991 en el altiplano central, las parcelas con labranza cero y rastrojo retenido (todo o una parte) conservaron más humedad durante los periodos secos de la temporada y rindieron en promedio 1.5 toneladas más de maíz por hectárea, entre 1997 y 2009, que las parcelas aradas o las de labranza cero a las que se les retiraba el rastrojo [6]. El detalle importa: sin cobertura, la labranza cero no funciona. Por su parte, un metaanálisis de 139 parcelas en 37 sitios encontró que los cultivos de cobertura agregan en promedio 0.32 toneladas de carbono por hectárea al año al suelo [7], y otra revisión de 106 estudios concluyó que reducen significativamente el nitrógeno que se fuga hacia ríos y acuíferos sin aumentar las emisiones de óxido nitroso [8].

Ahora, los límites. Un gran metaanálisis —5,463 comparaciones de 610 estudios, 48 cultivos y 63 países— encontró que la labranza cero, aplicada sola, reduce los rendimientos; el efecto negativo se minimiza cuando se combina con los otros dos principios, y solo en climas secos de temporal el paquete completo rinde significativamente más que el arado [9]. Los cultivos de cobertura también tienen costo: en promedio bajan cerca de 4% el rendimiento del cultivo principal, aunque las mezclas que incluyen leguminosas lo suben alrededor de 13% [8]. Y conviene moderar la promesa climática: buena parte del carbono "extra" que se mide bajo labranza cero es en realidad carbono redistribuido hacia la superficie, no carbono nuevo, por lo que su potencial para mitigar el cambio climático se ha sobreestimado [10]. A eso súmale retos prácticos: los primeros años suele haber más maleza (y la tentación de resolverla con herbicida) y, en muchas comunidades, el rastrojo compite con otro uso legítimo: alimentar al ganado. Los suelos vivos no son una receta sino un sistema que se ajusta a cada lugar.

Lo esperanzador es que los principios también funcionan en chico. En una maceta o en un huerto de azotea: no voltees la tierra cada temporada, agrega composta por encima y deja que las lombrices la bajen; nunca dejes tierra desnuda, cúbrela con hojas secas, paja o pasto cortado (acolchado); entre un cultivo y otro siembra un abono verde —frijol, haba, veza o trébol— y córtalo antes de que dé semilla, dejando las raíces adentro; y alterna familias de plantas, como hace la milpa con el maíz, el frijol que fija nitrógeno y la calabaza que sombrea el suelo. Para ir más lejos, lee nuestra introducción a la labranza cero o reducida, otra a la agricultura regenerativa y el marco de diseño que lo une todo, la permacultura. El suelo se pierde en años y se recupera en décadas, pero se recupera, y empieza por dejarlo en paz y bien tapado.

Referencias

  1. FAO & ITPS. (2015). Status of the World's Soil Resources (SWSR) – Main Report. Food and Agriculture Organization of the United Nations e Intergovernmental Technical Panel on Soils. https://openknowledge.fao.org/handle/20.500.14283/i5199e
  2. Anthony, M. A., Bender, S. F., & van der Heijden, M. G. A. (2023). Enumerating soil biodiversity. Proceedings of the National Academy of Sciences, 120(33), e2304663120. https://doi.org/10.1073/pnas.2304663120
  3. Doran, J. W., & Zeiss, M. R. (2000). Soil health and sustainability: Managing the biotic component of soil quality. Applied Soil Ecology, 15(1), 3-11. https://doi.org/10.1016/S0929-1393(00)00067-6
  4. Kassam, A., Friedrich, T., & Derpsch, R. (2019). Global spread of Conservation Agriculture. International Journal of Environmental Studies, 76(1), 29-51. https://doi.org/10.1080/00207233.2018.1494927
  5. Montgomery, D. R. (2007). Soil erosion and agricultural sustainability. Proceedings of the National Academy of Sciences, 104(33), 13268-13272. https://doi.org/10.1073/pnas.0611508104
  6. Verhulst, N., Nelissen, V., Jespers, N., Haven, H., Sayre, K. D., Raes, D., Deckers, J., & Govaerts, B. (2011). Soil water content, maize yield and its stability as affected by tillage and crop residue management in rainfed semi-arid highlands. Plant and Soil, 344(1-2), 73-85. https://doi.org/10.1007/s11104-011-0728-8
  7. Poeplau, C., & Don, A. (2015). Carbon sequestration in agricultural soils via cultivation of cover crops – A meta-analysis. Agriculture, Ecosystems & Environment, 200, 33-41. https://doi.org/10.1016/j.agee.2014.10.024
  8. Abdalla, M., Hastings, A., Cheng, K., Yue, Q., Chadwick, D., Espenberg, M., Truu, J., Rees, R. M., & Smith, P. (2019). A critical review of the impacts of cover crops on nitrogen leaching, net greenhouse gas balance and crop productivity. Global Change Biology, 25(8), 2530-2543. https://doi.org/10.1111/gcb.14644
  9. Pittelkow, C. M., Liang, X., Linquist, B. A., van Groenigen, K. J., Lee, J., Lundy, M. E., van Gestel, N., Six, J., Venterea, R. T., & van Kessel, C. (2015). Productivity limits and potentials of the principles of conservation agriculture. Nature, 517(7534), 365-368. https://doi.org/10.1038/nature13809
  10. Powlson, D. S., Stirling, C. M., Jat, M. L., Gerard, B. G., Palm, C. A., Sanchez, P. A., & Cassman, K. G. (2014). Limited potential of no-till agriculture for climate change mitigation. Nature Climate Change, 4(8), 678-683. https://doi.org/10.1038/nclimate2292
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